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Hermoso en la simpleza Estudio para Balcón Silvi
 
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Hermoso en la simpleza
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Estudio para Balcón
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Neus
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Luz en la mesa
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Libro abierto 2
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El Jorge de Trigueros Dama Veneciana Horarios de fuego Con la sombrilla
 
Ana Caballero
El Jorge de Trigueros
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Horarios de fuego

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Con la sombrilla
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El hojalatero Noche de Julio Libro abierto 1
Desnudo en el sofá
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El hojalatero
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Noche de Julio

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Segadores de Pedrera
Manuel Barahona
Libro abierto 1
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Espliego
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Inocencia Inocencia La brisa del viento Más cerca de ti Ángela en azul
Inocencia
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Espliego
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La Brisa del Viento
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Más Cerca de Tí
Luis Pardo
Ángela en azul
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Neus Tráfico en Reyes Católicos Fuente de las Batallas Puente al sol Tarde de otoño
Neus
Germán Aracil
Tráfico en Reyes Católicos
Albert Sesma
Fuente de las Batallas
Albert Sesma
Puente al sol
Andrés Rueda
Tarde de otoño
Andrés Rueda


 


 
   
   
 
   
 
   
 
   
 
   
   
   
   
Albert Sesma

Hablar de Albert Sesma es introducirse en la compleja pintura del paisaje urbano, es un eco del lienzo de Antonio López, es el Arte de plasmar la atmósfera de la ciudad, es capturar la esencia paisajística en una marea de vida cotidiana , es, en resumidas cuentas, la luz en la ciudad de un nuevo realismo

Es la luz alimentada constantemente en el argumento de las calles, llenas de coches y personas en un incesante trasiego de idas y venidas, en una especial y mágica atmósfera humana acompañada por los detalles arquitectónicos del lugar.

Albert Sesma, nació en 1976 en París, sin embargo su familia se traslado a Corella (Navarra), donde reside en la actualidad; estudió en Bilbao, en donde finalizó su licenciatura y cursos de doctorado en la Facultad de Bellas Artes. Durante 6 años se ejercitó bajo el magisterio de Antonio López, al que le sigue consultando de manera permanente en materia pictórica y conserva una estrecha relación con el mismo; ha conseguido más de 40 premios en concursos nacionales e internacionales. El último obtenido ha sido el primer premio al Concurso Internacional “Agua Granada”, 2010.

En la pintura de Albert Sesma hay un orden muy bien calculado: conoce a la perfección la simetría del dibujo y conforma una delicada estructura, sustentada en una firme armadura geométrica, acomodada a la armonía y a la lógica de lo que tiene delante de los ojos y consigue tal precisión en la disposición de los elementos que provoca la belleza.

El espacio de la luz lo soluciona con las ricas sombras en las calles, en las edificaciones, en las vestimentas de los transeúntes, incluso en el cabello de los mismos, es decir, los soluciona con una madurez propia del que maneja el oficio con todos sus recursos expresivos(veladuras, juegos de contrastes, empastes etc..) para desnudar la luz y atrapar el misterio.

De la misma manera, también refleja el movimiento a partir de los automóviles, motocicletas, autobuses, los semáforos, los letreros luminosos, el agua que se eleva en la fuente o en el instante de fuga hacia su destino.

Albert Sesma no es un pintor colorista, porque en el paisaje urbano su mirada se detiene en los faros de los coches de la ciudad, en una bifurcación de la quinta avenida o en el asfalto de la calle Reyes Católicos de Granada; de ahí, que como pintor del momento histórico que le ha tocado vivir sus cuadros no puedan parecerse al de otras épocas.

Albert Sesma no es un pintor colorista, porque en el paisaje urbano su mirada se detiene en los faros de los coches de la ciudad, en una bifurcación de la quinta avenida o en el asfalto de la calle Reyes Católicos de Granada; de ahí, que como pintor del momento histórico que le ha tocado vivir sus cuadros no puedan parecerse al de otras épocas.

Sus colores son un soplo de toda una gama de grises, los ocres de los edificios quiebran el azul real de sus cielos, sus verdes atmósferas anuncian el descanso del claroscuro del asfalto y los sienas son el secreto de la tierra.

Pero, más allá de esa mirada, el misterio de la materia y el color se desvelan con la aportación espiritual y estética de Albert Sesma.

Pedro López Ávila, Escritor

Francisco Calabuig

FRACISCO CALABUIG

Elegir una plácida escena de la naturaleza: mirar los trigales en el sol estival, encendiendo la tarde, impregnándola de amarillos y dirigiendo su mirada hacia arriba, hacia una nube plomiza y amenazante de lluvia, cuyos grises, malvas y blancos envuelven y matizan de forma finísima todos los planos del lienzo para crear una atmósfera casi pesada, es tarea reservada a privilegiados, como es el caso de Francisco Calabuig.

En Francisco Calabuig se funden el alma con el paisaje, la mirada humedece al lienzo de un espíritu, aparentemente sereno,, de una pincelada casi siempre tranquila que se extiende en delicadas capas de pintura, coadyuvando a una extraordinaria nitidez del contorno; pero de un alma que busca la transcendencia a través del paisaje.

Decididamente Francisco Calabuig utiliza la pincelada o la paleta suelta, dedicando particular atención en los acentos de luz, que consigue con el propio color y las sombras (la luz y el color son una misma cosa), con unas gamas inmensas de verdes, malvas, carmines, amarillos ocres, burdeos y un sinfín de mezclas tan personalizadas que hacen del artista a uno de nuestros mejores pintores contemporáneos de un impresionismo que aletea en el realismo.

Concilia el oficio con un profundo trabajo, que descubrimos detrás de cada una de sus obras, en una incesante búsqueda de la captación de la luz de cada segundo del día, en el que el tiempo y el espacio son un todo.

Es evidente, por tanto, que el escenario paisajístico de Calabuig se adecua en el más alto grado a los intereses plásticos de la fidelidad, autenticidad y honradez de la pintura contemporánea y de hecho tiene entrada en el “Diccionario de Pintores y Escultores Españoles del S. XX”

Pedro López Ávila, Escritor

http://pedrolopezavila.blogspot.com/2011/03/fracisco-calabuig.html

Pedro Roldán

PEDRO ROLDÁN

Si los pintores coloristas dan prioridad al color antes que al dibujo, si el color es una muestra de individualidad, si un cuadro tiene que tener un componente espiritual ético y estético, si el arte es el lenguaje de los sentimientos, si en la materia y el color reside el misterio, si el contenido de una creación debe tener hondura y si unimos la figuración mas allá de lo que alcanza nuestra vista, nos encontraremos con la obra de Pedro Roldán.

Pero, si además de todo lo anterior (más importante que lo bien hecho) nos sorprende en la búsqueda de lo abierto, de un territorio que antes no estaba, para emprender la aventura de romper los límites impuestos por la realidad y adentrarse de manera incesante y distinta en cada creación (desde un espectáculo de colores) en el mundo de los sueños, de la fantasía y de la persecución del enigma a través de percepciones extrasensoriales, su creación nos cautiva y nos atrapa milagrosamente.

Y es que la pintura de Pedro Roldán es la interpretación de la materia desde su mundo interior, pintando la luz sólo con el color, no necesita las sombras para encender la luz en el silencio.

Y es que la pintura de Pedro Roldán es aire fresco en la pintura de nuestros días, es el atrevimiento y la valentía, para transportarnos a un horizonte meditativo que nos proyecta a un mundo onírico de donde, quién sabe, si no es el llanto escondido de un alma que quiere detener el tiempo, inmortalizándose en su pintura.

La obra de Pedro Roldán, plagada de elementos simbólicos y, yo diría, que esotéricos, es una mezcla de magia, de astrología, de matemática, de hechicería geométrica, de irrealidades reales y de una alquimia cromática que no deja indiferente a nadie.

Nubes rosas, amarillas o violetas, ramajes verdes que emergen de la nieve, azules montañas que se prologan (desafiantes a la cordura) en tonalidades rosas, malvas y amarillas. Sienas, azules, carmines y verdes personalizados en una inmensa gama, en ocasiones, y puros en otras que, en forma de hadas, triunfan en la orilla de la quietud del agua en donde se reflejan.


Todo es plácido; el color anuncia lo inefable y del mismo surge el silencio, la paz, lo atemporal, la soledad, la melancolía y los siglos buscándose a sí mismos en la altura; porque, no existe el paso del tiempo, ni la figura humana en su obra, que tan sólo es insinuada en la luz artificial de sus casas imbricadas en el paisaje al anochecer, con una perfección formal que rayan en un hiperrealismo místico, jamás conocido en la historia de la pintura.

Pedro López Ávila, Escritor

http://pedrolopezavila.blogspot.com/2011/04/la-obra-pictorica-de-pedro-roldan.html

Manuel Barahona

MANUEL BARAHONA

No hay duda, que toda pureza del campo, cuando se mira de forma idílica, es sosiego, paz, senda de añoranza o melancolía o, quizá, un diluirse en la naturaleza, en la tierra que habitamos, de un todo, del que formamos parte ; pero, cuando esa tierra que pisamos, cuando ese paisaje no aparece desnudo, sino habitado por la figura humana, transformándolo en el sentido más primigenio, que proporciona el sustento para seguir viviendo; las manos se quiebran en la tierra y los brazos y las caderas se rompen ante el argumento del salario.

Por eso la propuesta pictórica de Barahona está sustentada no sólo sobre el paisaje, sino sobre la de las labores silenciosas de lo cotidiano, con una clara pretensión de cercanía entre las relaciones familiares de aquellos seres humanos que no son ni han sido considerados sujetos activos de la historia.

Esa es la realidad que nos describe y que nos expresa desde sus lienzos Manuel Barahona, desde una sensibilidad que aletea en lo más profundo de su alma , que produce una gran emoción ante el paisaje habitado, por jornaleros, que lo hace reivindicativo y consigue una vibración del alma que conecta con el sentimiento del espectador.

Pero, cuando acaba la palabrería que descubre la figura humana, inserta en el paisaje, en el campo andaluz; en jornadas de labranza, de siega, de recogida de aceituna o de algodón, en el que el trazo firme (impresionista), consigue aspectos gestuales (donde el movimiento no se interrumpe), tan reales como el instante vivido, queda ese lirismo antiguo en la magia de sus colores caminando en equilibrio hacia el hallazgo de la luz.

Y es que Manuel Barahona es un magnífico dibujante y un majestuoso colorista que dota a sus cuadros de una luz que devora el paisaje.

La armonía con que consigue la complementariedad de sus colores, rigurosamente personalizados, los dispone de tal suerte, que atrapa la luz y parece que la detiene en el instante.

Pero, además, su agudo, estudiado y trabajado sentido de la perspectiva dota a sus lienzos de un sentido de lejanía y profundidad que lleva al receptor mucho más allá de donde abarca la mirada, para abrir el horizonte anclado en el tiempo.

Barahona, logra, como muy pocos lo han conseguido, en nuestra época reciente la iluminación de la escena, exclusivamente con el color, y con una acertada pincelada consigue encontrar un hueco por donde se desliza la intensidad de la luz, que surge y brota del color del sombrero de un campesino o de la sombra de la persona, con lo que podemos intuir no sólo la estación del año, sino, incluso, el momento del día y el cromatismo de su tierra andaluza.

La luz es el elemento que preside y tutela toda su obra, es el elemento neurálgico sobre el que se fundamentan sus paisajes; pues, si la temática gira en torno al campo andaluz, en el faenar cotidiano de sus jornaleros, la luz (conseguida mediante el color) se convierte en el protagonista principal de sus obras.

Hablar de amarillos, ocres, verdes, rojos, malvas o grises y de toda una explosión de cromatismo engendrado en su paleta - dispuestos de manera medida y compensada en la tela-le hace conseguir una atmósfera encendida en el aire, pero el pintor llega tan lejos que el amarillo de la media mañana, por ejemplo, vence al denso gris de un cielo amenazante que se dibuja en el horizonte.

Barahona nos transporta a otras épocas, cuando cada estación del año anuncia el melocotón en flor o las cosechas del trigo, de la aceituna o del algodón en un paisaje andaluz, poblado por cuadrillas de jornaleros, pero terminado hace mucho tiempo por el aguijón de las máquinas.

Sin embargo, sus obras nos dejarán en el recuerdo la paja y el trigo en las manos, la recogida en el olivar en un trazo de sol apagado, el acarreo de aceitunas o del algodón con nombres de sufrimiento, al labrador atravesando los siglos y la experiencia silenciosa de un alma que expresa con sus colores el hallazgo de la luz y de la vida.

Pedro López Ávila, Escritor

http://pedrolopezavila.blogspot.com/2011/10/manuel-barahona.html

Francisco Trigueros

FRANCISCO TRIGUEROS

En el hallazgo está la luz. Lo comprendí, desde el silencio de los ojos, cuando visité el estudio de Francisco Trigueros y contemplé, desde la enorme dimensión de sus cristaleras de vida, un mar abrazado en sus aguas al silencio de los azules y platas.

Pero, el enigma estaba dentro, en el estudio; la transfiguración de la luz era posible cuando observaba que el autor, de forma desafiante, la doblegaba en su obra, a su capricho, y me alienaba en una marea de colores tan disciplinada como su propia técnica y su lúcida visión de la perspectiva y el dibujo.

Trigueros es un pintor hiperrealista, pero que trabaja incansablemente no en reproducir la realidad (traducción literal y fotográfica de la realidad), sino en la belleza y poesía que emanan de la realidad, es decir, del colorido de las formas y de la luz de los objetos y de los sujetos. Hasta tal punto, que sus cuadros se crean respirando en un poema propio.

La poderosa personalidad del artista, su instrucción académica, su exquisita formación cultural, sus conocimientos en múltiples disciplinas que rayan la erudición (Licenciado en Psicología, pintor, narrador, poeta, investigador, presenta y dirige programas de TV local etc.) hacen que el proceso pictórico de Francisco Trigueros esté estrechamente ligado a lo que deja de sí mismo en su obra.

Tan sólo flanqueado por una agitada y rica vida interior, dotada de una energía generativa superior y de un universo que se apoya en la experiencia propia de su vida, busca incesantemente, pincelada a pincelada, respuestas sobre la diversidad y maneras en que distinguimos y sentimos la realidad.

En la obra de Francisco Trigueros los seres inanimados llegan a adquirir entidad propia, ente otros motivos, por su sentido de distribución en la tabla o en el lienzo, en lo que lo surreal y lo real se funden en el milagro de existir conjuntamente, de tal fortuna, que es la mirada del receptor la que completa y da sentido a su obra.

Sin embargo, siempre nos queda algo por descubrir en su expresión simbolista y metafórica, especialmente, cuando profundizamos en el significado de los objetos o símbolos, que no están dispuestos en el cuadro de forma libérrima, como pudiera parecer a primera vista, sino que no son más proyecciones de sus emociones ante las cosas que le rodean y ante su propia intimidad.

Sus estados de ánimo quedan perfectamente delimitados en el colorido de las formas y en la luz de los objetos. El pintor lo sabe perfectamente, de ahí que la luz y el color consigan que una simple vasija, máscara o pos-it tengan alma sobre la tabla.

Y es que en la obra de Francisco Trigueros se funde una conexión emotiva de encuentros: entre lo racional y lo conceptual, entre lo real y lo onírico, entre lo geométrico y la fantasía o entre el silencio y el misterio, que provocan una irradiación tan humanamente conmovedora que no deja indiferente al espectador, sino que lo convierte en cómplice de su propia experiencia interior.

Su desbordada imaginación, siempre acechada por colores formas e imágenes, a veces visionarias, para captar situaciones extrasensoriales y plasmarlas en la tabla nos hace pensar en un espíritu inquieto, siempre indagando en el origen del ser y su relación con la obra de arte.

Hubo un tiempo en que su temática giraba, fundamentalmente, en torno a los motivos religiosos; fue entonces cuando descubrí La Última Cena, un cuadro sobre lino de 4 m. x 2 m. y cuyo proceso de creación llevó al autor 7 años, que debieron ser de inagotable trabajo, no sólo por la entrega sin medida en la búsqueda de la luz a la que somete a una mirada interpretativa, sino por la disposición meticulosa de Jesucristo y los apóstoles, que tras largos periodos de investigación, le llevan a concluir que los rostros, posiciones y expresiones gestuales de los mismos responden a una imagen más cercana a la realidad de la que aparecen tradicionalmente en los pinceles de las fantasías.

Más aún, Francisco Trigueros no es un pintor al uso, es como dijimos más arriba un estudioso, un erudito y un investigador como pude comprobar al visitar su estudio: el tiempo se detuvo, cuando mi alma quedó enlazada a la sangre al observar su obra La Resurrección. Era la figura de Cristo, que había creado a partir de los datos antropométricos del hombre de la Sabana Santa o Síndone de Turín.

Un estudio de tres largos años, en la que de forma entusiasta y con convicciones hasta ahora irrefutables por ningún otro estudio, nos explicaba de forma milimétrica desde la altura del personaje, pasando por el color del pelo, hasta la distancia existente entre las pestañas y los pómulos para fundamentar sus teorías, que las tiene recogidas en su libro “La Herejía de la Síndone” (Amarés 2006. Librería Interactiva. Centro Europeo de Empresas e Innovación de Aragón).

Si alguien sigue manteniendo la añosa creencia de que la pintura hiperrealista es una forma pictórica fría e impersonal, no tiene más que asomarse a la obra de Francisco Trigueros, para comprobar que su obra es mucho más cálida, imaginativa y de exploración artística que alguien pudiera imaginar y, desde este humilde punto de vista, le hace encumbrarse como uno de nuestros mejores pintores contemporáneos, que llega fácilmente al espectador; así como la del hombre que, de manera infatigable, busca la hermosura en el color y la forma y la verdad en la luz.

Pedro López Ávila, Escritor
http://pedrolopezavila.blogspot.com/2011/11/francisco-trigueros.html


 

Cuenta una leyenda de la antigüedad que Zeuxis, en competición con Parrasio, pintó unas uvas con tal realismo que engañó a los pájaros que fueron a picotearlas en vano. Sin embargo, Parrasio superó su proeza al mostrar a Zeuxis su cuadro, pidiéndole este que corriera la cortina que lo ocultaba, siendo su cuadro la pintura de la cortina propiamente dicha.

En el arte figurativo, una de las hazañas más reconocidas es la verosimilitud de la figura y su parecido a la realidad misma. Pero como decía Platón, la obra de arte que se basa en copiar la realidad procede por engaño, no siendo mas que la copia del original, que está en el mundo de las ideas.

Por eso, el hiperrealismo ha ensayado superar la interdicción platónica y trata de mostrarnos no la cosa misma, sino su arquetipo, icónicamente más logrado y definido que la propia realidad. De este modo nos insinúa que es el propio objeto representado la copia de su figuración plástica, consiguiendo esta reproducir el modelo arquetípico e ideal de cada cosa.

En esta dialéctica de la verosimilitud analógica se mueve la pintura de Francisco Trigueros, unas veces conformándose con la cercanía literal al objeto y otras yendo hasta su arquetipo no visto, sino percibido por él en el cosmos noetós. La pintura de Francisco Trigueros nos muestra, pues, su mundo interior.

Manuel Cerezo Arriaza
http://manuel.cerezo.name/archives/2011_11.html

Francisco Trigueros

VENTURA

Detrás del seudónimo Ventura aparece una mujer, Paqui Carrasco, que atraviesa el siempre difícil camino de articular sus emociones, sus sueños y su forma de sentir a través de la pintura.

En una incesante búsqueda del color como elemento expresivo, con independencia de los objetos que reviste, mantiene siempre una profunda preocupación por el detalle; sin embargo, en su obra el espectador queda profundamente tocado por la belleza sensual , el gesto y los cálidos cuerpos de sus desnudos femeninos, desplegados de forma fluida y ardiente.

Su pintura envuelta en un ambiente apacible y de quietud, nos introduce en el misterioso paisaje lunar que asedia a la pintura romántica.

Pedro López Ávila, Escritor

http://pedrolopezavila.blogspot.com/2011/11/normal-0-21-false-false-false-es-x-none.html

Familia Barahona

Los Barahona, una familia de artistas

Galería de Arte La Zubia, Manuel, Luz y Antonio Barahona, dos generaciones de artistas, desde el 3 de noviembre de 2011

Es un fenómeno poco frecuente encontrar hoy toda una familia de artistas, como era posible hallar en algunas familias del Renacimiento y del Barroco italianos.

Son tres pintores del paisaje natural y urbano, de naturalezas muertas también, con tendencias y atmósferas diferentes, matices de una misma visión precisa y sobria del mundo cotidiano, en su sencilla elocuencia.

El padre, Manuel Barahona, pinta paisajes andaluces poblados de trabajadores de la tierra, siempre con sus rostros hundidos en sombreros protectores de un sol de justicia. Sobre el fondo de un paisaje que se pierde en la distancia de una perspectiva aérea, destacan las figuras entregadas a la faena sencilla y natural, en la que las máquinas están completamente ausentes. Sus cuerpos parecen moverse, pesan y expresan la entrega a una labor llena de sobria dignidad. La pincelada es certera, define la forma y el color al mismo tiempo, imprime dinamismo e intemporalidad sin halagos.

La hija, Luz Barahona, se empeña en reflejar el volumen de las formas de casas y calles que hablan, con un mudo lenguaje, de un pasado que conmueve y a veces inquieta. Sus bodegones, sencillos, están iluminados por la luz de un misterio que la contemplación de los mismos nos invita a descifrar.

Antonio Barahona, el hijo, se empeña en reflejar el realismo sobrio de los objetos más sencillos, en las calles de pueblos habitados por la vida de macetas sin testigos, que nos permiten interiorizar nuestra sensibilidad y penetrar en los paisajes recónditos de nuestra alma. Se muestra en él la huella de su maestro Antonio López, en el que no hay ninguna concesión que no sea al descubrimiento de uno mismo en el reflejo de un instante. Su pintura nos abra una puerta directa a nuestra intimidad metafísica.

Manuel Cerezo Arriaza
http://manuel.cerezo.name/archives/2011_11.html